¡Adiós y hasta siempre Pepe Triana!

Ayer falleció en París un cubano universal, José Triana. Rine Leal explicó, en 1966 su importancia para el teatro cubano y español de todos los tiempos.

El escritor cubano nació en 1931 en Hatuey, provincia de Camagüey, y empezó a escribir poesía con tan solo 10 años, de acuerdo con la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

De derecha a izquierda: Javier de Castro, Guido Llinás †, Pepe Triana †, Pepe Horta y Zoé Valdés — con Yoandy Cabrera.

Tras una breve estancia en Miami y Nueva York, debido a que su hermana mayor era perseguida por las fuerzas de Fulgencio Batista, Triana y su familia se instalan en Madrid en 1955.

Es allí donde él da sus primeros pasos en el mundo del teatro: actuó en la obra Los siervos, dirigida por Aitor de Goiricelaya y José Moraleda; escribió su primera obra El Mayor General hablará de Teogonía y publicó sus primeros poemas en la revista Ciclón.

Tras el triunfo de la revolución cubana en enero de 1959, Triana y su familia regresan a la isla y el escritor “se impone como uno de los emergentes representantes de la modernidad teatral cubana”, según la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

Consulte su obra el el Cervantes Virtual aquí

Rine Leal explicó, en 1966, su importancia como dramaturgo y en particular la significación crucial de su pieza La noche de los asesinos para el teatro universal. Sus palabras están vigentes y nos redescubren hoy con lucidez lo que representó -lo que representa- La noche de los asesinos para el teatro cubano. Este fragmento pertenece a En Primera Persona (1967):

José Triana es algo bien distinto. El desdén que el autor siente por las estructuras definidas del teatro, su carencia de técnica al uso, su poderosa imaginación, le ha llevado a crear una escena brillante, parlanchina y sorpresiva. Después de Medea en el espejo, había mucho que esperar de este poeta dramático. Pero vinieron sus fracasos de La casa ardiendo, El Parque de la Fraternidad, La visita del ángel y La muerte del ñeque, donde se acusaba un debilitamiento gradual de sus temas y personajes, que en más de un sentido me hizo temer. Pero La noche de los asesinos (Premio Casa de las Américas 1965 y Gallo de La Habana del VI Festival 1966) es una tragedia de tal eficacia escénica, de tanta sabiduría literaria, de tan enorme fuerza teatral, que a veces me pregunto cómo Triana ha logrado vencer una obra de esa dificultad. Lo que el autor muestra en sus dos actos es el juego imaginativo de un parricidio que no sabemos si ha ocurrido o no, la probabilidad de un hecho terrible, la enajenación escénica de un mundo donde los actores “son, en último término, figuras de un museo en ruinas”. Triana demuestra que los objetos no poseen necesariamente un lugar fijo, que nuestra vida no debe estar regida por los otros, que la alienación es un fenómeno tanto material como intelectual. Los personajes de La noche de los asesinos tratan de liberarse a través del asesinato, sin comprender que el mal no radica solamente en el mundo familiar, reflejo de condiciones externas, sino fundamentalmente dentro de ellos mismos. La pieza es la tragedia de la purificación, realizada a modo de exorcismo mental y regida por la sangre. Es teatro llevado a sus últimas consecuencias, a una depuración total de elementos, donde solo tres actores incorporan varios personajes, y el escenario único se transforma, por medio del simple juego teatral, en varios lugares de acción. Es una de las obras más complejas y profundas que ha dado nuestra escena, un alarido de liberación y al mismo tiempo una lección de universalización de temas y tratamiento. La noche de los asesinos es cubana sin referencias directas, y sus elementos dramáticos están tratados con tanta imaginación, brillantez y poder teatral, que es probablemente la obra más universal que hayamos producido en 400 años de teatro.

Fuente: Diario de la Marina

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