Certezas Cervantinas.

Sin duda, el gran hallazgo de la edición del Cervantino 2015 fue poner a bailar a la ciencia con el arte y al arte con la ciencia, porque el público de a pie descubrió a un nuevo tipo de científico, así como el lado afable y lúdico del saber objetivo y verificable. Fue un contento ver al patio de la Universidad de Guanajuato lleno hasta las escaleras de un conglomerado heterogéneo de personas en el que sobresalían los jóvenes, o el Auditorio General de la misma universidad con el letrero de localidades agotadas. Fue un deleite ver los fingidos combates entre neurocientíficos, compartir el buen talante de escritores e investigadores, o escuchar, en la prodigiosa sencillez de Antonio Lazcano, las más recientes teorías sobre el origen de la vida.

Mucho tuvo que ver el genuino y demostrado interés de Jorge Volpi por la ciencia, y la eléctrica personalidad de ese singular difusor del pensamiento científico que es Pepe Gordon. Ambos armaron un programa estelar con astros del firmamento científico y con investigadores región uno (aunque algunos de ellos salieron de países región 4, como México y Argentina), interesados en hallar una narrativa, incluso anecdótica, para sacar su saber del laboratorio y bajarla al mundo profano de la calle. Descubrir, por otra parte, que los descubridores de los secretos de la naturaleza, el cosmos, el cerebro humano, tienen sentido del humor, fue una obra de arte.

Fausto. Foto: Aljosa Rebolj
Fausto. Foto: Aljosa Rebolj

Sin duda, la obra de teatro que nos hará recordar el XLIII Festival Internacional Cervantino, por su densidad artística, no será El valle del asombro, de Peter Brook, sino el Fausto, de Tomaz Pandur. La leyenda de Brook ni crece ni disminuye con esta indagación sobre el cerebro humano y sus consecuencias dramáticas, pero la visión que el director esloveno sacó del poema trágico de Goethe sí marca una cima en su creación artística. Brook tiene la venerable edad de 90 años. Pandur está en su cincuenta y tres ciclo de vida, en plena madurez física y mental, ya capaz de separar la cizaña del trigo para ver que el éxito de un artista no está en el glamour de su obra sino en su esencia. Artista precoz, Pandur deslumbró a las audiencias europeas por su arrojo y exuberancia en el tratamiento escénico de los clásicos: Shakespeare, Ibsen, Kaffka, para llegar a la Sherezade, de Ivo Svetina, poeta esloveno de culto que le permitió a Pandur desplegar todo un mundo imaginario sobre el cruce cultural entre oriente y occidente que lo llevó a los festivales internacionales, incluyendo el Cervantino.

En pleno éxito, Pandur montó su primer Fausto en 1990, barroco, intrincado, excesivo en todos los órdenes de la representación, por lo que se podría decir que los árboles taparon el bosque. Yo llegué al Auditorio del Estado con ese resquemor, así que mi recompensa fue doble porque presencié un oxímoron escénico: un grandioso montaje minimalista en el que solo dos elementos construyen el cielo y el infierno de Fausto, el hombre que pidió la totalidad del saber y el sentir a cambió de su alma. Un inmenso piso de agua y un imponente muro de falsa piedra en el que se proyecta el imaginario medieval de la fábula original, constituyen el espacio realmente-ficticio en el que Pandur reflexiona sobre la contemporaneidad de la visión goethiana, interviniendo el texto (con el auxilio de su hermana Livija Pandur en la dramaturgia), y desplegándolo hacia diversos ángulos del pensamiento actual, sin menoscabo de su sentido original. La bravura de su elenco, comandado por tres atletas del alma; Igor Samabor como Fausto; Branko Sturbej como Mefistófeles, y Polona Juh como Margarita, más la fabulosa iluminación a la que no le dan crédito, nos permiten dimensionar la potencia intelectual, la carga emocional y la ansiedad humana por la totalidad que conforman la tragedia del hombre que se sale de sus límites.

N-E10-10LU_Drupal-Main-Image.var_1438055911Sin duda, la decepción inconfesada de éste Cervantino es: Flowers for Kazuo Ohno (and Leonard Cohen). Inconfesada porque la trayectoria dancística de Álvaro Restrepo es incuestionable como uno de los bailarines más sobresalientes del entre siglo XX y XXI, no solo en Colombia, no solo en Iberoamérica sino en el mundo. Inconfesada porque el trabajo artístico social que está haciendo en su país con el Colegio del Cuerpo, haciendo de la danza un punto de cohesión en zonas marginadas, con la gente de las orillas, es igualmente axiomático. Así las cosas, el desastre dancístico que presentó en el Teatro Juárez fue aplaudido de pie, cuando debió ser abucheado por sus carencias y limitaciones dancísticas, tanto en lo conceptual como en lo temático e interpretativo. Por algo, antes de la función Restrepo salió a dar una emotiva explicación de lo que íbamos a presenciar (pero los fantasmas del Juárez que no son políticamente correctos, se la cobraron con el sonido). Su discurso fue lo mejor de la noche y lo peor, porque nada de lo que hizo la coreógrafa francesa Marie France Delieuvin, con la Compañía Cuerpo de Indias, justificó el homenaje al padre de la danza Butho y al poeta de la canción gringa. Por el contrario, fue una ofensa. Ninguna coreografía estuvo cerca de la poesía, del virtuosismo, la disciplina, el talento, el rigor, el misticismo de Kasuo Ohno. Ninguna coreografía estuvo a un paso de la emotividad, la ironía, el juego verbal, la cadencia, la santa profanidad de Leonard Cohen. Álvaro Restrepo no sería quien fue sin los dones naturales y los atributos adquiridos por el trabajo exhaustivo: un bailarín fuera de serie. Que en lugar de explotar su nombre comercialmente se esté dedicando al trabajo social, es admirable. Pero no se vale presentar gato por liebre en el mismo recinto en el que él fue un ser alado. Por la sencilla razón de que al equivocarse de escenario, por más compromiso social que tenga su intento, sólo exhibe las limitaciones dancísticas de sus pupilos y la sospechosa confianza en una coreógrafa impresentable.

Sin duda, la socialización de arte es un anhelo en construcción porque lo mismo utilizan este ambiguo y hasta contradictorio concepto los artistas realmente comprometidos con su misión, que los políticos. Pero en esa búsqueda, el Proyecto Ruelas que ideó Jorge Volpi en su primer año como director del FIC, para llevar el teatro a comunidades periféricas y grupos vulnerables, está dando fruto. Al menos en el Don Juan, de Tirso de Molina, que instrumentó el director guanajuatense Luis Martín Solís con personal de dos casas para adultos mayores de la sede cervantina. Este director, ya notable por sus obras de teatro y óperas para infantes, trabajó el año pasado con una comunidad del estado que expuso en la plaza pública el trágico asunto de la emigración. Ahora aprovecha su experiencia para poner a bailar, a cantar, a recordar y a confesar lo inconfesable a un grupo de mujeres y hombres en su primera, segunda y tercera senectud.

El primer acierto de Martín es la elección de la obra, porque se trata del burlador de Sevilla, el canalla hijo de puta que va engañando mujeres no solo con promesa sino con acto de matrimonio. Engaño, artimaña amatoria que padecieron algunas de las mujeres que aceptaron participar en el convivio escénico, resuelto por el director de manera admirable, dadas las condiciones de salud y de memoria de sus actores. Lo importante aquí comienza con los ensayos, mejor dicho, con la aproximación a los estados físicos, mentales y emocionales de los participantes. Hay que tener la amorosa paciencia de la que carece Luis para estar en el mundo, pero no en el escenario. Aquí hay varios meses de convivencia, de convencimiento, de respetuosa aproximación a las personas involucradas. El resultado es gozoso, emotivo, disfrutable no como teatro en si sino como socialización del teatro, esa posibilidad de que la gente mayor, en este caso, utilice la ficción para ver su realidad desde otra perspectiva. Y desde la perspectiva del deseo, esa palabra impronunciable que nuestros padres y abuelos confundieron con el amor, con la ilusión, con los sueños. Que tal engaño sea convertido en amorosa burla es motivo suficiente para desearle larga vida a este montaje.

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