Crítica Teatro Breve 2018 (II)

La función inaugural de Teatro Breve nos sorprendió con una avalancha de público. Por ser jueves resultaba doblemente alentador, y aunque el resto del fin de semana se mantuvo por igual desbordado de espectadores, la apertura del evento significó un punto de partida inmejorable.

El tema en común de las obras en la primera noche: la contaminación. Vista desde ángulos diferentes, los tres dramaturgos plantearon sus personales versiones de la polución, y los directores, con sus breves elencos, les dieron forma. La puesta inicial, “Lucía Pérez”, de Fernando Muñoz, estimuló a su directora, Misuki Takaya, a traducir el tema como una suerte de contaminación mental, psicológica. Un ambiente denso. Denso como el agua que alberga basura y metales pesados.

LUCÍA PÉREZ

La historia de una joven violada -historia inspirada en un hecho real de otro país, pero que sus trazas de impunidad bien pudieran colocarse en el acontecer diario del nuestro- se nos muestra aquí en un dilema formal atrevido: el de mantener todo el tiempo de representación virtualmente a oscuras, apenas usando lámparas portátiles que sólo permiten atisbar rasgos efímeros de los personajes, y mayor énfasis en la contaminación auditiva, en la polifonía de diálogos aparentemente no conectados en los que se hablaba de la verdad, en versiones que indistintamente se contradicen. Contaminación auditiva, contaminación de la información y los medios que intervienen en la difusión del caso y la salvación o crucifixión de sus protagonistas.

Quizás la condición de abrir el programa, y de que, como antes apuntábamos, el jueves se colmase tanto de público, entorpeció un tanto la clara apreciación del público -desde todos los ángulos de una sala repleta- de las maniobras de los personajes, que prácticamente ocurrieron en la platea y con muy poco uso del escenario. No obstante la puesta le apostó a un exceso en el recurso de la oscuridad, y se resintió por ello. La recurrencia al ambiente sombrío (no virtual o metafórico sino literalmente obscuro), que pudo haber quedado como opción alternativa, siguió como un contexto permanente y sobrepasó los límites de un recurso expresivo para volverse un constante obstáculo a la visibilidad del público. Diana Val, Luis Soberanes y Danny Landa, en un tono adecuado, casi de docudrama, apoyaron sus acciones más en lo auditivo que en lo visual.

El desenlace, demasiado dilatado después del clímax, apoyado en un pequeño performance de dibujos y versos proyectados en el techo de la sala, afectó al esquema dramatúrgico de la puesta en escena.

De cualquier modo no deja de ser estimable el experimento de jugar a distender los esquemas de lo que comúnmente entendemos como “lo teatral”. El transcurso a la siguiente obra, sin embargo, con una de las actrices indicando a los presentes desplazarse de vuelta al lobby, significó un problema logístico a resolver en posteriores funciones.

MÁS ALLÁ DEL MAR

Sobrepasado el inconveniente de un público ya acomodado que de improviso se le pide abandonar la sala para presenciar la obra siguiente en la antesala, la primera impresión es la de un espacio escénico reacondicionado con un diseño sencillo y atrayente. Lo que suele ser una galería -al tiempo que lobby para el pequeño auditorio- se había vuelto una escena concebida para teatro arena, donde la arquitectura se engarzaba en un trazo encantador, desde la claraboya del techo hasta un elemento escenográfico, un ventanal o puerta de material transparente con bordes y soporte blancos, como la luz fría del lugar.

Resultaba obvio que el texto de Carlos Sánchez transcurriría en un sitio como un hospital o un manicomio, y la disposición en arena (con los espectadores rodeando el espacio), encajaba de forma clara desde cada ángulo que se apreciasen ambas actrices, Eva Calderón y Laura Hurtado, en la versión de Edgar García Véjar. Salvando el inconveniente de la falta de comodidades para los asistentes, la impresión inicial no dejaba de ser reconfortante.

El montaje, por su parte, si bien se sostuvo sobre todo en la capacidad interpretativa de Eva Calderón (en este caso la hija recluida en un sanatorio, la víctima evidente), recurrió demasiado al verbalismo y dejó a un lado un prometedor diseño espacial, óptimo para la explotación de la corporalidad y las acciones físicas. Es decir, la propuesta se basó más en las potencialidades poéticas del texto y en la exploración de los sentimientos, y menos en el potencial plástico de los cuerpos y las acciones.

La posible interpretación del texto, además, soluciona de manera confusa el final. Suponíamos que la hija estaba encerrada, que la madre la dejaba abandonada -una vez más, según la historia- pero la perspectiva realista de la concepción escénica da un salto incongruente hacia un simbolismo no muy claro cuando la madre se marcha, y la hija encerrada, sin más ni más, cruza al otro lado de la ventana limítrofe, y más aún, se marcha por donde mismo se había marchado la madre.

A pesar de ello, la puesta sigue siendo agradable a los sentidos, substancialmente plana en su progresión pero, acaso por lo breve, no conduce al hastío. Una obra que deja la sensación de contener una fuerte energía encerrada que puede estallar de un momento a otro.

ECLIPSE

Si las atmósferas en las obras anteriores fueron como dos noches densas y pantanosas, la tercera habría de “eclipsar” esa sensación. Con la dirección de Cut Lopez y autoría de Omar de la Cadena, resalta el aprovechamiento de -ahora sí- un montaje con acciones físicas explotado a niveles casi danzarios. Con Viviana Lugo, Edna Muñoz y Gabriel Monroy, se retoma este ya conocido estilo de fisicalidad del joven director, y la obra avanza con ritmo trepidante, a ratos desplegando una suerte de agobio a ultranza, en buena parte intensificado por el contador de tiempo real que parece desplazar al espectador la ansiedad de los personajes.

Si el regreso al auditorio -con los inconvenientes en la recuperación del puesto para quienes llegaron más temprano al evento- develó un escenario recargado en elementos, la dramaturgia del espectáculo demostró que no habría objetos sobrantes u ornamentales, y que cada centímetro del pequeño escenario sería empleado al máximo, quizás dejando la impresión de que había que aprovechar a toda costa un texto mucho más largo que la brevedad disponible en un montaje de Teatro Breve, como si la velocidad de emisión de las ideas fuera cosa de vida o muerte.

Por ello es probable que el tema de la contaminación -muy independiente de lo que interpretamos como accidental en el achicharramiento de las palomitas del microondas- aquí haya sido tomado desde un punto de vista mucho menos depresivo, o deprimente. Más bien se hace una alusión, más festiva que festinada, a la contaminación del consumismo en nuestras vidas, a una explosión de banalidad en parte centrada en la década de los sesentas del siglo pasado, según el concepto de diseño planteado y el específico aparato de televisión que, aunque sólo es apreciado en su esplendor interactivo desde un fragmento del lunetario, colabora en esa tarea de introducirnos en un juego meta ficcional, el de jugar a ser nosotros y no ellos, los actores, el ejercicio vivo de comedia posmoderna.

Así en general los miembros de El Club de los Concurrentes hemos apreciado y analizado los pormenores críticos de este primer día de Teatro Breve 2018, todavía disponible cada jueves de marzo en la sala del Kiosko del Arte de la Zona Hotelera.

El Club de los concurrentes: Ingmar Sau, Danny Landa, Aislín Terán Valenzuela, Jonathan Santacruz y Gustavo Alonso Moreno.

Fuente: Dossier Político

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