Crítica Teatro Breve 2018 (III)

Viernes en la semana inaugural de Teatro Breve 2018. No ha parado el flujo de espectadores al íntimo auditorio del Kiosko del Arte, listos a presenciar las tres perspectivas con las que sus creadores asumieron el tema de la jornada: el fraude. Como cada año en la entrada, junto a los boletos, también están disponibles varios libros para adquirir, escritos por algunos de los dramaturgos participantes, no pocos de ellos premiados en certámenes regionales.

Esta vez el público no pasa directamente a la sala. La obra inicial transcurrirá en el lobby -o galería, o ambas cosas- del inmueble, como en la segunda presentación del día previo y con similares apuntes en lo relativo a la comodidad de los espectadores para contemplar, de pie en su mayoría, una puesta de alrededor de veinte minutos.

QUÉ BONITO ES LO BONITO

La ubicación no parece responder al mismo principio de visibilidad, para teatro arena, conque la noche anterior se había presentado “Más allá del mar”, sino a una frontalidad un tanto incompleta que probablemente se sostenga más en el alivio logístico para el cambio escenográfico entre una puesta y otra, que en el diseño mismo del escenario. Acaso nos hacían circular, transitar, por un espacio menos “oficial” que el del propio auditorio, por algo que sería la sede de un ensayo, no de la presentación misma.

Aquí es cuando el equipo que redacta esta columna comienza a debatir la primera duda: la pertinencia de clasificar una escenificación como “teatral”, y varias ideas surgen al respecto. En cierta medida ya habíamos escrutado el tópico con la puesta “Lucía Pérez” y la escasa visibilidad de su contenido, pero esta vez nos preguntábamos si, más allá de un ambiente programado para resaltar siluetas y sonidos, el empleo mayoritario de una proyección de video, con uso mínimo de los actores reales, podría analizarse con las mismas herramientas que al resto.

Por una parte, Julio Perea, el director, aboga por el efecto “fraude”, que efectivamente sentimos al ver la obra proyectada y enterarnos que lo que estaba en vivo era la representación de un ensayo y no la obra misma, como si la propuesta se auto sabotease para darnos esa fidedigna sensación de estafa, de usurpación, dejando el sabor de boca de una especie de robo, ausencia y precariedad, mismas sensaciones que suelen provocar las leyes, el gobierno y los tiempos electorales. Propone desde la multimedia una línea argumental yuxtapuesta, distinta al texto de Roberto Corella, en un montaje arriesgado. Simplemente al meternos en la discusión de si pertenece al teatro o no, quizás nos inclinemos a pensar que sí, que sí lo es, dado que se está planteando la representación de acciones en escena por actores que atienden a una dramaturgia previa, independientemente del formato audiovisual predominante.

Ambas dramaturgias (la del video proyectado y la de los “actores flojos” que actúan el “no actuar”) se alimentan una a la otra, y es posible interpretar que una es contexto de la otra, mirando en ambas direcciones: la anécdota de Roberto Corella que plantea el tema del fraude desde el punto de vista electoral, llevándose a cabo desde una función de títeres virtuales, como “obra a representar” y por encima (o por debajo) el performance de los actores referente al fraude ético, en la presunta falta de rigor del propio artista.

En lo que sí todo el equipo concuerda es en que, aun cuando el material grabado es dinámico, original y con diseños simpáticos que versionan casi como retablo un texto concebido para personajes en vivo, la calidad de su producción es discutible, sobre todo en lo tocante al sonido directo de cámara (sin entrar en errores de principiante como el reflejo del “cameraman” en uno de los espejos de la locación), y que quizás no fuese tan relevante de no ser por esa pérdida notoria de palabras dichas, que se desvanecen a menudo con un sonido muy pobre.

En general los planos de la realidad aparecen bien distribuidos, si descontamos la referencia inicial a un noticiario ridículo con temas electoreros que no engarza directamente con ninguna de las dos líneas argumentales posteriores, o la solución del propio director/personaje sugiriendo al público, al finalizar: “Pueden pasar a ver las obras”, cosa que en efecto hacemos mientras pensamos si esa, en rigor, lo fue. O si en efecto, fue una suerte de fraude.

POUND

Cuando nos acomodamos y nos aprestamos a disfrutar de este texto de Ángel Hernández dirigido por Alejandro Cabral, descubrimos una anécdota que utiliza como referencia a la vida de un actor icónico de Hollywood, Robert Downey Jr., que no contiene una progresión escénica en sí misma. Al parecer nos encontramos con un tipo de texto etiquetado dentro de las “nuevas dramaturgias”, las cuales redundan más en provocaciones que en certezas del dramaturgo hacia el director. No por ello serían necesariamente menos válidas o ricas, pues una ventaja de la estructura de esta obra, desde lo literario, es que tiene muchos caminos hacia los cuales encarrilarse.

Los elementos en escena (en específico, dos sillas), una proyección de fondo de imágenes de Robert Downey Jr. a manera de collage, y un desempeño frío por parte de los actores que se muestran con escasa relación práctica, revelan la carencia de una estructura sólida en el montaje. Si bien el programa de mano nos anuncia “una puesta que habla de alguien con una historia tan particular y atípica que nos permite hablar de él y de nosotros… los otros”,  el director no logró configurar ese anunciado espejo, y solo vimos una representación pálida de Robert y su padre (de cierta manera más basada en el personaje del perro/hombre rapado de la película que en el padre real, Robert Downey Sr., quien tiene una imagen física bastante diferente), en algún punto de un diálogo plano, sin color definido, perdimos esa oportunidad de vernos o sentirnos reflejados.

Si bien es cierto que el uso de pocos o nulos elementos en escena es una regla de Teatro Breve -no seguida al pie de la letra por muchos directores- la decisión de utilizar tan escasos elementos se resiente al no contar con una relación simbólica intrínseca a la puesta en escena. Las dos únicas sillas no ayudan a crear un contexto de lugar, salvo en el pasaje del auto, mientras que su historia contiene al menos cuatro locaciones diferentes. La proyección como propuesta plástica, que como punto de partida luce sugestiva, digamos, documental, tampoco muestra algún tipo de edición o integración al conflicto, más allá de lo expositivo.

LOS MOTIVOS DEL CORONEL

Retomando esa regla de Teatro Breve, más o menos respetada, de emplear un mínimo de elementos escenográficos, aún queda tela por donde cortar en lo tocante a la situación de precariedad en la que se desarrollan la mayoría de los montajes. En este trabajo en particular, dirigido por Yadira Buendía a partir del texto de Daniel Serrano, se muestra una adecuada producción en vestuarios y utilería, desde la fidelidad del vestuario a la caracterización externa de los personajes y el uso de armas aceptablemente realistas, como una pistola y un rifle -con el sorprendente efecto de un disparo auténtico- un concepto bastante redondo si no nos percatamos de que un practicable negro de madera, como los empleados en ejercicios teatrales en academias, rompía por completo con la intención realista que se hubiese mantenido, digamos, con uno o varios costales de arena como los usados en las trincheras y los ejercicios militares.

La directora, no obstante, lleva a escena con tino la relación de amor/odio entre el coronel y su sargento, sin que la propuesta espacial vaya más allá de algunos desplazamientos superficiales dentro del lugar de acción, o los ejercicios físicos del subordinado, estos últimos no del todo coherentes con la situación específica de una emboscada a narcotraficantes, acaso más relacionados con el entrenamiento previo de cadetes y no de un oficial con cierto rango.

Dramáticamente hablando, desde el inicio sí puede percibirse un ambiente oscuro, de misterio y de duda, donde el juego de poderes es claro y dinámico. La voz, los cuerpos y la interpretación están a tono con el tema de la obra. Daniel nos regala un guión compacto que crea, desarrolla y mantiene la acción en suspenso. Yadira nos ofrece una puesta sencilla, oscura y atractiva, que atrapa e inquieta al espectador mientras la historia se desenreda.

CODA

Al finalizar la noche del viernes, recapitulando el sentido del tema abordado por los creadores en la jornada del viernes, el fraude, nos llevamos la impresión de que no todo el programa se mantuvo apegado a la premisa. Si bien en el texto de Roberto Corella el tema se abordó plenamente, en Pound parecía existir una obvia confusión entre el concepto “defraudar” (en el sentido emocional de un hijo que “defrauda” a su padre o viceversa) y la noción “fraude” referida a estafa, timo, simulación. La obra final tampoco nos pareció relacionada con el pie forzado exigido a los participantes del evento.

En entregas siguientes, el Club de los Concurrentes proseguirá con estos ejercicios de crítica escénica, abordando las demás jornadas de Teatro Breve 2018, disponibles para el público los fines de semana, en el Kiosko del Arte, durante todo este mes de marzo.

El club de los concurrentes: Danny Landa, Aislín Terán Valenzuela, Silvia Maytorena, Gladis Balbastro Méndez, Jonathan Santacruz,  y Gustavo Alonso Moreno

Fuente: Dossier Político

Deja una respuesta