Crítica Teatro Breve 2018 (IV)

Sábado de estreno en el Kiosko del Arte. Tema: Accidente. Este programa, el más cargado de la semana -con cuatro obras- obliga al Club de los Concurrentes a ser más escueto de lo habitual, siempre en el buen deseo de llegar a todos los montajes estrenados este año y aguardando la ya habitual recepción amistosa y retroactiva por parte de los creadores.

UN RUMOR EN EL FONDO DEL OCÉANO

Verónica Vázquez recrea, desde el melancólico texto de Rafael Martínez, la disputa entre una madre y su hija. Ambas en bata de hospital, la hija sobre el colchón y la madre en el banco desarrollando un monólogo al que interrumpe un grito desesperado, un giro espontáneo respecto del ambiente de tranquilidad que ofrecían la luz y el tono suplicante de la madre.

Las actrices Melissa Quintanilla y Daniela Landa proyectan impecablemente el dolor físico y mental de sus personajes. Los matices y el énfasis en los diálogos hicieron muy creíble la circunstancia de amor/odio en el cuadro familiar, y si de inicio parecían mostrar una suerte de hospital o sanatorio, quizás más adelante podría pensarse que todo fue producto de la imaginación de la madre, dejando una rara confusión acerca de lo que realmente había pasado.

La progresión resulta más narrativa que accional, con pequeños desplazamientos cargados de simbolismo, como el cambio de posición entre colchón y banco, en relación a la perspectiva de autoridad entre los personajes. Los movimientos físicos son limitados, el énfasis está en el diálogo, se aborda el tema de una identidad oscilante al sugerir nombres como Sol, Luna, Agua, Ola o Volcán mientras se escuchan cantos de ballenas. No conocemos el espacio ni las circunstancias del aparente encierro, las batas y la iluminación no natural podrían sugerir el acontecimiento como efecto de algún sedante, situándonos entre un encuentro genuino y un viaje imaginario. En síntesis, un experimento minimalista que sin grandes pretensiones define un ambiente emotivo que raya lo impresionista, tan  concentrado que ni siquiera el impropio sonido de un celular entre el público consigue romper.

EL ACCIDENTE DE LA SEÑORITA SÁNCHEZ

Esta vez otra madre y otra hija, mucho menos dramáticas y más pintorescas. El conflicto planteado por Ernesto García juega con el embarazo de una joven frívola aspirante a Miss Universo. La puesta de Felipe Nery busca el tono de comedia, sin conseguirlo de inmediato. La aparición de un tercer personaje, un gay clásico y estereotipado (tal y como suele funcionar en este tipo de sketches cómicos), finalmente consigue sacar las ansiadas risas al público.

El viejo tema de las apariencias sugiere la importancia tanto de la imagen como de las posesiones, sin ínfulas en cuanto a profundidad conceptual. Tres personajes vanidosos que a veces hablan mirando el espejo del escenario -uno de los dos únicos objeto sustanciales además de una carreola, aunque irrelevante a largo plazo- arreglándose constantemente. Interpretados por Karla Robles, Karen Fabela y Carlos Murguía, sortean la ligereza de la historia con un toque como de teatro popular, sin más complicación formal que unas pocas entradas y salidas.

TRÍO

Ubicación correcta dentro del programa, tras el inicio denso, y suavizando el terreno para el último montaje de la noche sabatina, resulta este simpático y perturbador texto de Imanol Caneyada. El argumento se ofrece adecuado también para el espectro de la comedia, según la versión de Luis Daniel Soberanes. Las caracterizaciones de Deneb Algarra, Ricardo Gálvez y Jacinto Carrasco se perciben limpias y llevadas con buen ritmo, si descontamos algunos momentos en que la dramaturgia escénica parece debilitarse, por ejemplo con el falso final -en que el público incluso aplaude creyendo terminada la obra- ocasionado por el tránsito defectuoso entre el primer cuadro y el segundo.

La banda de risas grabadas al estilo de sitcom televisiva, acaso como un intento por acentuar la extravagancia del acontecimiento, nada aporta a la historia ni conduce a algún tipo de consecuencia estilística en su cierre. No obstante, el cometido de la puesta, el de hacer reír a partir de una premisa original (la “zerophilia” aparente de un personaje que, como en la película de ese nombre, de Martin Curland, 2005, juega con tal padecimiento ficticio, uno que provoca mutaciones sucesivas de sexo a quien lo padece), se cumple con creces.

PROMETEO

El montaje de Rafael Evans a partir de un texto de Luis Mario Moncada comienza mezclando lo solemne con lo ridículo y lo caricaturesco, problematizando el papel del arte -y del teatro en específico- frente al desarrollo de la sociedad, cuestionándose si este existe para reparar los vicios o sólo para señalarlos. Se clama por la libertad de expresión y el derecho de las personas a externar sus pensamientos e ideales. Los actores (Aranza Kawaminami, Juan Estrada y Daniel Iván Campos), conforme a algo que parece una estética constante en este activo y viajero grupo de Obregón (Colectivo Independientes), más que personajes ejecutan arquetipos sociales sin una psicología especial más allá de ciertos esquemas culturales y políticos, en una especie de performance donde, desde el principio, señalan que aquello no es precisamente una obra de teatro.

Se escenifica un “intento de terrorismo” que juguetea con los planos de la realidad y la ficción, con el distanciamiento brechtiano y el happening, no siempre moviéndose con soltura entre dichos planos. Resulta consistente al principio, pero al final se desmorona por el abuso y reiteración del recurso de las “opciones”, un desenlace agotador para el público. Utiliza muchos elementos lúdicos, cosa meritoria, pero la cámara de humo luce excesiva en un espacio tan reducido. Es de aplaudir el trabajo plástico en la distribución espacial y las formas corporales, aunque el texto se llega a resentir por su desmedida ambición temática, volviéndose pretencioso y difícil de domesticar con una puesta de inevitable brevedad.

El experimento dice “hacer a un lado el libreto”, se involucra al público, se le cuestiona y se le invita a incendiar el teatro, o cualquier institución oficial que deteste, creando una ambigüedad a su vez no muy bien solucionada, entre personajes/actores y personajes/funcionarios. La decisión de abrir la puerta y salir a quemar el papel es comprensible debido a lo pequeño del espacio, no obstante innecesario. El efecto del fuego ya estaba logrado con la utilización de los fósforos y la referencia a una ciudad en miniatura, además de que la idea de incendiar lugares va inquietando al espectador, no por la metáfora social sino porque el nerviosismo extra-escénico de los actores (dilatado en noche del estreno), termine por provocar en el Kiosko del Arte un incendio real.

CODA

La penúltima jornada de Teatro Breve 2018, todavía disponible hasta el último fin de semana de marzo, nos planteó un interesante maratón de textos cortos que, al igual que en la noche del viernes, no parecían lo suficientemente relacionados con la premisa temática, a excepción de la segunda puesta que sí aludía directamente al “acontecimiento accidental” de un embarazo indeseado. La comedia prevaleció, para beneplácito de un público fiel que, siempre desbordando el auditorio sede, gozó con un programa digno de noche de sábado.

En la próxima (y final) entrega de El Club de los Concurrentes, analizaremos la función vespertina de los domingos, dedicada a los niños.

El Club de los Concurrentes: Danny Landa, Jonathan Santacruz y Gladis Balbastro.

Fuente: Dossier Político

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