Enrique Ballesté: El dolor y la dicha de estar vivo

Fernando de Ita.

Enrique-Balleste-1Camaradas, comienzo por celebrar los 43 años de resistencia cultural del colectivo CLETA-UNAM, acaso la organización artística y social que más años ha estado en actividad ininterrumpida entre nosotros. Pienso en la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR), que en los años 30 luchó al lado de los obreros por el empoderamiento del proletariado, y más recientemente en el Sindicato de Actores Independientes (SAI), que en los años 70 y 80 le dio conciencia de clase al gremio de la farándula. Fueron golondrinas que no hicieron verano. En cambio, la agrupación abanderada por Enrique Cisneros, un llanero no tan solitario porque ha sido acompañado por varias generaciones de cómicos de la legua, se ha mantenido activa en los márgenes del Sistema como esos mosquitos que no se ven pero como chingan. En estos tiempos hiperliberales en los que la Utopía del Poder Popular parece un despropósito, los Cletos siguen actuando al lado de los desposeídos, imaginando, con John Lennon, que llegará el día en que la libertad colectiva deje de ser un sueño.

En 1973, año en que se fundó CLETA, los movimientos guerrilleros del Norte y el Sur de la tierra mexicana estaban sido disueltos a sangre y fuego, pero seguía soplando el viento de la revuelta que tuvo en 1968 su cima y su castigo. La represión era tremenda y entre los miles de jóvenes que la desafiaron estaba un chaval de 22 años, hijo de exiliados españoles, a quien el Movimiento Estudiantil halló estudiando en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ahí, en el fragor de las manifestaciones y en las peñas donde se cantaba: Ya se cayó el arbolito/donde dormía Díaz Ordaz/ahora dormirá en el suelo/ahora dormirá en el suelo/como cualquier animal, Enrique Ballesté encontró en sentido de su vida y de su teatro.

En 1969, aquel poeta en formación estrenó: Vida y obra de Dalomismo, una fábula que ponía en juego una forma muy atractiva de contar la historia de los de abajo que mereció el Premio Celestino Gorostiza que era el más alto reconocimiento que podía recibir un dramaturgo joven. Eran los años en el que el realismo poético de Emilio Carballido y Sergio Magaña marcaban la pauta de la dramática mexicana y Ballesté apareció en tal escenario con un imaginario propio, fresco y espontáneo y con un sabor agridulce que ya anunciaba al poeta lírico que más adelante compuso una de las canciones más emblemáticas de su generación, en la que el dolor de estar vivo se confunde con la dicha abrir los ojos todas las mañanas para ver el mundo.

Pero no adelantemos vísperas. Mejor digamos de volada que en los años setenta floreció en México el Teatro Independiente del subsidio oficial, que ya tenía una larga historia en Argentina, Brasil y Colombia. CLETA fue uno de los pioneros en hacer teatro de protesta social y su primer impulso derivó en diversos grupos que, como el Grupo Zumbón, de Ballesté, abrieron brecha no sólo en la ciudad de México sino en diversas capitales del país en donde otros camaradas intentaban hacer un teatro contestatario. Ahora recuerdo que vi en Morelia, ¿Por qué el sapo no puede correr?, una parábola escrita y dirigida por Enrique en la que consciente o inconscientemente se aplicaba la máxima brechtiana de entretener al público para ponerlo a pensar en lo jodido que estaba el ciudadano de a pie en el paraíso priísta.

Con una charanda de por medio, aquella noche escuché por primera vez, Eso de jugar a la vida, en voz de su autor, y quedé subyugado porque letra y música resumían el sentimiento de una generación que vio las luces de la libertad individual y colectiva y luego de la represión tuvo que rumiar en soledad la nostalgia de aquel deslumbramiento. En esa canción Enrique encontró la voz y la melodía de quien hizo de la calle el lugar de la batalla y ya no halló reposo ni en la casa familiar ni en la casa de la amada porque su corazón fue estrujado por la derrota del sueño, de la Utopía. Al escuchar su canción emblemática pensé que en esa composición se había conjugado la lírica de la Guerra Civil Española (por la que sus padres llegaron a México), en donde el canto y la poesía fueron otra arma de combate, con el bucólico lamento de la canción mexicana. No lo pensé así, de bote pronto, porque esa noche el alcohol de caña me derritió el cerebro. Pero lo pienso cada vez que la escucho de nueva cuenta, ahora en la dolida voz de Amparo Ochoa, que me da la razón respecto al tono herido de nuestro mejor canto popular.

Con, Los Flores Guerra, Ballesté logró dos cosas importantes: que el Teatro Contestatario pudiera presentarse en un teatro del Seguro Social, y que el Teatro Independiente tuviera una producción decorosa, con pago al autor, al director, a los actores y demás miembros del ensamble. Por ese montaje tuve una discusión bizantina con Enrique, por el riesgo político y estético de hacer un teatro popular y de denuncia en el corazón del sistema. Pleito conceptual que nunca disminuyó mi admiración por su obra ni el afecto de su trato, así que me siguió mandando algunos de sus textos, como Mínimo quiere saber y Puente alto, donde seguía buscando la manera de poner el corazón del pueblo en el escenario.

Muchos años después lo hallé en la guarida potosina de El Rinoceronte Enamorado, de uno de sus discípulos, en el sentido socrático de la palabra, Jesús Coronado, en una de las funciones de Pescar águilas, una potente paráfrasis de una obra de Peter Handke que fue el despegue artístico de uno de los colectivos más exitosos del teatro regional en México. Cuando nos topamos al final de la función me dijo, cara a cara: ¿cómo me ves? A un poeta de su talla no se le puede decir: “bien jodido”, porque una cosa es el deterioro físico y otra la salud mental, pero me costó trabajo disimular el asombro de verlo tan disminuido de salud, chimuelo, con dos pelos en la frente. Que yo sepa, nunca se preocupó por su apariencia y estaba tan comprometido con la salud social del teatro que se preocupaba muy poco por la suya. Lo vi de nuevo en otra obra cantinera en la misma jaula del rinoceronte potosino y de nuevo me dijo: ¿cómo me ves? Esta vez fui sincero:

— Bien jodido por fuera, ¿pero cómo andas por dentro?

— Mejor que nunca, Fernando, mejor que nunca —respondió con la mirada encendida del hombre que ha sido coherente con su sentido social y libertario de la vida y ha pagado por ello.

Coño, ¿con tanto farsante en este mundo, con tanto arribista, con tanto tramposo, con tanto chaquetero, con tanto ambivalente, con tanto funcionario, con tanto acomodaticio, con tanto vale madre, con tanto canalla, con tanto burgués gentil hombre, como uno, por qué a este Moliére hispano-mexicano, de auténtica raigambre popular, que nunca renunció a ver el teatro como una forma de plantear el fondo de la injusticia social, la vida le cobró tan caro su ideal de un teatro y un mundo mejor?

Bueno, es que eso de jugar a la vida es algo que a veces nos pasa a chingar.

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