Obsesión por lo sagrado: 40 años del TIT de la UNAM

Qué empresa cultural resiste 40 años de marginación y vilipendio: el Taller de Investigación Teatral de la UNAM que fundaron en 1976 Juan Allende, Helena Guardia y Nicolás Núñez. Si la postmodernidad es la crítica de la razón como motor de la Historia, el TIT ha sido un precursor posmoderno en la búsqueda de otras formas de aprehender la realidad, indagando en el cosmos el tamaño del hombre y la esencia de lo humano. Ahora que en voz de Carl Sagan la ciencia nos dice que somos polvo de estrellas, habrá que darle algún crédito al Teatro Antropocósmico que publicó el maestro Núñez en 1983, donde por decir lo mismo fue juzgado de orate.

Casa del Lago ha sido literalmente el refugio de la variopinta cofradía que se ha conglomerado en diferentes tiempos alrededor del TIT para buscar en el trote y la danza mexica-tibetana la respiración del Universo, de manera que tenía que ser en Casa del Lago donde el Taller celebrara en el mes de octubre sus 40 años de vida. Primero con la presentación de una nueva edición del Teatro Antropocósmico, publicada por Libros de Godot; enseguida con una mesa redonda atendida por Luis de Tavira, Domingo Adame y la Doctora  inglesa, Deborah Middleton, para cerrar en la noche con una alegoría ritual y escénica sustentada en, El laberinto de la soledad, de Octavio Paz.

Maese de Tavira dijo en su intervención que el teatro no tiene Historia sino Genealogía, de manera que en la ascendencia del teatro mexicano del siglo XX debe contar la versión teatral que hicieron los tres fundadores del TIT del polémico ensayo de Paz, en los años 70, entre otras cosas porque el estrenó contó con la presencia del poeta, gracias a los buenos oficios de Hugo Gutiérrez Vega, uno de los pocos defensores del TIT, a quien está dedicado el segundo montaje. En aquella ocasión yo vi a Paz muy divertido, cruzando miradas y sonrisas con su amada, seguro recordando sus días de Poesía en Voz Alta, cuando con su aliento, Héctor Mendoza puso a bailar y a cantar a la poesía clásica, de manera que salió complacido de aquella bizarra interpretación de su obra, diciendo que el lenguaje del teatro tenía la libertad de traducir a sus signos su indagación de lo mexicano.

A los lectores foráneos hay que decirles que Casa del Lago queda en el Bosque de Chapultepec, el seto sagrado de los mexicas y el sitio en el que el trío fundador del TIT inició su camino hacia un teatro hierático que no busca una religión sino el re-ligamiento del hombre con lo sagrado. En tal espacio se toparon con el sacerdote secular de la Tradición que es Antonio Velasco Piña, empeñado en leer la Historia Universal y la Historia de México desde el Ocultismo, en clave mágica, método satanizado por la razón hasta el fracaso del pensamiento Hegeliano que  ha sido rebasado por el sinsentido del mundo contemporáneo.

Yo que he sido un réprobo de toda cofradía porque nunca he podido hacer rebaño, ahora disfruto con el recuerdo de aquellas madrugadas corriendo por el Bosque Sagrado, luego de salir con la Margie a las cuatro de la madrugada del Cabaret en donde ella trabajaba, para buscar un árbol milenario que te diera el bienestar que te negaba el mundo. Como alma suspicaz de toda salvación, doy fe del bienestar que puede hallar la mente y el cuerpo que logran parar el pensamiento y hallar en la Naturaleza el paraíso perdido. Confieso que rara vez lo conseguí en mis cinco sentidos, pero esa no es una falla del sistema esotérico sino mía.

La base de la pirámide

1LSEn el principio del TIT está Grotowski, otro sacerdote secular que partió del teatro para llegar a Dios, según testimonio de maese de Tavira. Nicolás Núñez y Helena Guardia lo conocieron cuando el maestro polaco andaba en su etapa del Teatro de las Fuentes, ya fuera del escenario y la convención teatral. Grotowski estuvo en México en 1968 y el Teatro Isabelino de la UNAM fue uno de los pocos foros del mundo en el que se dio función del Príncipe Constante, fuera de Polonia. Un montaje sobre el texto de Calderón de la Barca que siendo visto por tan pocos espectadores cambió el mundo del teatro, más hacia dentro que hacia afuera, pero radicalmente.

De entre tantos discípulos del Maestro que hay en el planeta, Nicolás es de los pocos que pueden ostentar el título porque no solo estuvo con él en Polonia una larga temporada, también lo trajo a México dos veces a convivir en su casa de la ciudad de México y a visitar los Llanos de Apan; fue el mismo Grotowski quien lo llamó a Aviñón, la ciudad de los Papas, como uno de los 12 discípulos que tenía dispersos por el mundo. De Grotowski Núñez tomó la disciplina de atormentar el cuerpo con el ejercicio exhaustivo; la idea del actor santo y los principios del Teatro Participativo que el TIT tomó como bandera y ejerció por muchos años. Afortunadamente, a mi juicio, su encuentro con Velasco Piña llevó sus desvelos polacos a la mexicanidad y al Mandala tibetano, dos culturas,  dos cosmogonías, dos disciplinas de la voluntad y el pensamiento tan distintas que sin embargo convergen en un propósito: Ser parte del Misterio del Mundo.

Como fuego amigo de los avatares del TIT puedo reconocer sin falso alago la voluntad inquebrantable de mi hermano Nicolás Núñez por buscar lo divino en lo humano, lo trascendente en la cotidianidad, el teatro fuera del teatro, el convivio de los dioses en la fiesta pagana. Sólo su obsesión por lo sagrado lo ha mantenido 40 años nadando contra la corriente, soportando el desdén de sus pares, la indiferencia de las instituciones, el desinterés de los medios, la ignorancia de su trabajo en su país, apenas compensado por el interés del mismo en otras latitudes. Por esa obsesión de lo imposible viajó en camión de la ciudad de México a la ciudad de Nueva York para plantarse ante Lee Strasberg para que le permitiera estudiar en el legendario Actor´S Studio. Por la misma testarudez viajó hasta el Himalaya a conocer la danza y el rito tibetano. Por ese afán ha subido y bajado montañas, escudriñado cuevas y sitios sagrados en México y otros países del mundo, con la sana intención de recobrar las alas que alguna vez tuvo el hombre para despegarse de sí mismo y volar hacia el Astro Rey, que es el emblema de los pueblos solares. Sin dañar a nadie, sin hacer proselitismo, sin defender otra causa que el derecho de bailar sobre el Mundo para agradecerle a nuestra Madre Tierra el don de ser hombre que, sin entenderlo todo, comprende que la vida es el más alto prodigio del Universo. Así han pasado 40 años los vivos y los muertos de esta pandilla que utiliza la ventana del teatro para mirar las estrellas. 

Donde la puerca tuerce el rabo

2LSEs en un punto central. Todo aquel que ha experimentado la expansión de su conciencia, sea por métodos naturales o inducidos, sabe que ése estado de iluminación es único e intransferible. Si algo enseñan las disciplinas esotéricas es que sólo con un esfuerzo sobrehumano se puede romper la dimensión de lo real establecido por la percepción humana para vislumbrar lo desconocido. Si algo se aprende en los ejercicios de meditación es que se requiere paciencia, tiempo y desprendimiento para dejar la mente en blanco. Así las cosas, cuando el TIT ha tratado de compartir en sus espectáculos las experiencias adquiridas luego de muchos meses de entrenamiento, con el público profano, el resultado es muy limitado porque no basta enterrar los pies de una persona en la tierra, o darle a mirar su imagen, o pedirle que sostenga la mirada con otros ojos, o mantenerlo en la obscuridad oliendo hierbas de olor para detonar su mundo interior. Siempre es posible que algunos de los espectadores se sientan alterados por la sorpresa, pero esa alteración difícilmente será comparable con el estado que se consigue en el salón de ensayos. Es ingenuo considerar que el vuelo de los derviches que lleva años de entrenamiento pueda ser el mismo que el de un actor que sólo lo ha practicado para una puesta en escena, y ya un error pensar que el público puede alcanzar el vuelo al practicarlo por primera vez. Por algo Grotowski no aceptaba intrusos en los entrenamientos. Por algo dejó de hacer espectáculos con sus resultados. Porque de otro modo, toda la voluntad, todo el esfuerzo del hierofante por conquistarse a sí mismo, queda como una receta de superación personal.

Esto no quiere decir que el TIT no haya encontrado una manera de envolver al público con su manto. Precisamente en la celebración de sus 40 años nos llevó literalmente de la mano a la formación de un solo cuerpo de participantes y espectadores, porque nos propuso la acción como un juego de niños que se descalzan y se vendan los ojos para presenciar el dulce rito del encanto femenino. Nada violentaba nuestro papel de espectadores de un ensayo central sobre la identidad del mexicano porque estaba traducido en imágenes derivadas de la cultura original de esta tierra. Ayudaba, eso sí, la velada desnudez de Melissa Corona y la viva presencia de Meztli Méndez y Arcelia Tinoco. Ahí estaba nuestro origen, piedra de toque deEl laberinto de la soledad. También estaba Paz en la honesta exposición de Xavier Carlos (el Tenochca), sobre el sentido de lo naco en el mexicano. Negado para la actuación convencional, este danzante, este guerrero del sol, este hijo de Malintzin hablaba desde su corazón de su condición macegual.  La puerca torció el rabo cuando Meztli Méndez y Arcelia Tinoco se pusieron a actuar, es decir, a frecuentar todos los estereotipos de la mujer borracha para exponer un capítulo medular de El Laberinto: La chingada. Qué tormento, llevado al paroxismo por Jorge Blanco vivenciando no sé qué tema del libro porque ya lo único que deseaba es salir de ahí. Afortunadamente el director tomó nuevamente el control de la escena y el rito final fue tan bello como el vuelo de la serpiente emplumada que todos llevamos dentro.

 Fuente: teatromexicano.com.mx

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