Segundo día: Identidad

Alejandra Serrano

El segundo día de estreno con el tema Identidad tuvo varios problemas técnicos, como suele pasar a veces en los estrenos. La iluminación de las obras no estaba bien resuelta, un micrófono que nunca funcionó y de los tres espectáculos fue el que más torpemente resolvió las transiciones entre una obra y otra, además de que fue la única en que los actores dieron las gracias al término de cada una de las obras, lo que además de raro alargó todavía más el reacomodo de la escena. Espero e imagino que esto se irá afinando conforme avanza la temporada porque si algo se notó en este espectáculo más que en los otros fue la colaboración. Actores y directores de las tres obras ayudando a reacomodar la escena cada vez. Sé que esto el espectador posiblemente lo pase desapercibido, pero yo fue una de las cosas que más disfruté y más me hizo reflexionar sobre la naturalidad de la colaboración y el diálogo en escena.

De la primera obra, El asesinato de Gonzala de Rafael Martínez dirigida y adaptada por Elizabeth Vargas apenas recuerdo la anécdota y es que la dirección de Vargas la hizo todavía más confusa. Plásticamente era muy atractiva, pero la actriz Fernanda Felix que llevaba buena parte de la obra tenía un tono monocorde, sin matices en el que se desvanecía la obra que parecía ser un thriller psicológico.

Daniel Molina y Daniel Campos completaban el reparto y aportaron mayor ritmo y soltura a la escena.

No sé por qué presiento que eres un hijo de puta, Beckett de Fernando Muñoz era un divertimento escénico. Godot reclama a Becket su decisión de que él nunca aparezca. La dirección de Jesús Vargas se toma muy apecho el legado becketiano de la obra. Arturo Merino en el papel de Becket está en el tono desenfadado que plantea la obra, lo realiza con soltura y es muy disfrutable para el público, en contraste con un Beckett rígido y seco interpretado por Abraham Santaolaya. Esta tensión funciona muy bien y el propio físico de los actores aporta mucho a los personajes. Sin embargo, tal como lo dijo en propia voz el director, Vargas montó una segunda obra sobrepuesta. Tres personajes esquemáticamente becketianos que irrumpían en la escena, claramente en referencia a las coreografías que Beckett produjo principalmente para televisión.  En este caso, la irrupción escénica no aportó a la obra porque ni se lograba una unidad entre ambas cosas, ni era lo suficientemente distante para crear otro sentido.

Volar a Ciegas de Wichy García, dirigida por Verónica Vázquez Heiras es la obra que tuvo mayor cuidado en su producción y vestuario. A ellos les falló el micrófono, pero la actriz Yadira Buendía lo sorteo con gracia escénica. Nuevamente vimos en escena a Luis Daniel Soberanes en un personaje diametralmente distinto. Un vaquero norteño, esos personajes son difíciles de matizar y Soberanes lo hace muy bien. La obra, simpática y conmovedora cierra con un final excesivamente cursi con la intromisión de un piloto aéreo ciego con un discurso entre moralizante e iluso que me hubiera dejado un mal sabor de boca sino es por la participación final de Buendía, un segundo en que se pone los audífonos y es tan claro su sentir que lo trasmite y pasa de lo cursi a lo entrañable.

Fuente: Teatro Mexicano

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