Teatro de arte, instituciones públicas y miserias de nuestra política

En octubre de 2014, una bola de nieve de “indignación y esperanza”, juntó al gremio teatral de la Ciudad de México en el Teatro Orientación, para intentar responder a la emergencia nacional desatada por la desaparición de 43 alumnos de la normal Isidro Burgos de Ayotzinapa, Guerrero.

A lo largo de diversas asambleas, que cada vez fueron disminuyendo su número de asistentes hasta desvanecerse a inicios del año siguiente, la “comunidad artística” ensayó formas de organización y de actuación (nunca mejor dicho) políticas con resultados por demás pequeños.

Desde la primera asamblea demostramos nuestra falta de cultura política. Acostumbrados a 60 años de subordinación en los métodos de producción, de enseñanza y de administración, nuestras pequeñas iniciativas se ahogaban en el mar de los usos y costumbres. Permítaseme mencionar por lo menos cuatro momentos:

  1. Al pensar en cómo debería hacerse la identidad pública del colectivo, algunos pensamos que lo mejor sería llamarnos algo así como “trabajadores del arte y la cultura”. Esto por una esencial seña de identidad y empatía con otras organizaciones y luchas con las que pudiéramos coordinarnos y buscar puntos en común. A la tercera asamblea, sin embargo, ya éramos la “comunidad artística”, denominación triplemente equívoca, pues no teníamos presencia de todas las artes; no éramos, obviamente una comunidad y, por supuesto, volvíamos a apelar al autismo del campo artístico, lo que nos dejaba sin plataforma en común con otras organizaciones.
  2. En la tercera asamblea se decidió formar una “comisión de marco teórico” para que, precisamente, diera mapa y sostén a las estrategias a seguir por la Asamblea. Pues bien, esta decisión votada por consenso simplemente no tuvo manera de incidir en las decisiones subsiguientes pues cada reunión marcaba su propio caos y, en la situación desesperada por jugar el papel de salvadores, fuimos incapaces de dar seguimiento a nuestras propias iniciativas.
  3. Sin embargo, en la primera asamblea se decidió hacer una marcha y ejecutar una acción simbólica, que consistió en el lavado de la bandera. La marcha iría de monumento a monumento: de Tlatelolco a Bellas Artes. Lo cual sucedió en sábado en la noche de festividad de muertos!! De manera que, sin experiencia en el cuerpo, se realizó una marcha cercada por la policía, en la noche y por lugares donde no había la menor posibilidad de escapar a ninguna redada o de ser visibles y pedir ayuda o registro en caso de abuso de poder. Y no sólo eso, sino que en medio del bullicio de la fiesta nacional, la marcha apenas se distinguió del ir y venir de las calles abarrotadas del centro. En nuestro favor debo decir que al menos quedaron la banderota negra y la canción de La llorona que acompañaron a las siguientes marchas.
  4. La “acción contundente” jamás llegó. La comisión encargada de las “acciones” perpetró dos o tres acontecimientos que se cuentan más como nuestros burgueses ensayos por ejecutar acciones reales que por su efectividad política. Incluso cuando ya en 2015 lo que quedaba de la asamblea se dio cuenta de que lo mejor era voltear a ver la casa propia y organizó la toma de Conaculta para exigir pagos atrasados y firma de contratos, la “comunidad” volvió a la normalidad. Los otrora pujantes activistas indignados, arremetieron contra la acción de una asamblea que ahora ya no los representaba y en lugar de participar, se dedicaron a hacerle el caldo gordo a las autoridades desacreditando (sin argumentos, claro) la acción. Hágase justicia en el rancho de mi compadre que de este lado las vacas mugen bien bonito.

Tres líneas para mencionar la ocasión en que la Secretaría de Turismo llenó las arcas del Circo del Sol, la indignación cubrió las redes y a la protesta fuimos… 6 personas.

Así las cosas, a principios de este año, estalló el petardo de nuestra escandalera. La Coordinación Nacional de Teatro anunciaba en su cartelera una obra escrita y dirigida por Salvador Garcini, con la actuación “estelar” de Olivia Collins, ex “atractivo visual” de un programa de revista ochentero y… bueno, es todo el currículum que puedo citar. La obra, además, se anunciaba con un eslogan tan ordinario como el de cualquier novela del corazón. No pasó mucho tiempo para que en la misma página de facebook de la CNT comenzará a expresarse la inconformidad. La discusión, como suele ocurrir, pasó a los muros personales hasta que Alberto Lomnitz pidió a la muchedumbre que se comunicara con él y que la recibiría en su despacho para aclarar el punto.

Una comisión se lanzó al Centro Cultural del Bosque y nos trajo el resumen: que la obra había sido programada en la administración anterior; que, como ciudadanos, los artistas televisivos estaban en su derecho de pedir lugar en los teatros y, finalmente, que el asunto podría seguirse conversando.

Pero esto no detuvo la “conversación”. Hasta donde leí, ésta se centraba en tres puntos: la exclusividad de los artistas hacia los teatros públicos; la necesidad de “inclusión” de otros modos de producción, asunto que nos lleva al asunto de las conexiones entre teatro de arte y teatro comercial.

Me detendré un momento en cada uno de estos puntos, pues tal como los he visto planteados, me parece que sólo agrandan la miseria de nuestra política.

  1. El tono y la manera de articular las frases de muchas opiniones, daban a entender que los teatros públicos son para el gremio teatral que hace teatro de arte. Eso es tan evidente como que el sol gira alrededor de la tierra, es decir, se trata de un entendimiento de primer orden, nada complejo. Los teatros públicos, como todo lo público, están allí para el público, es decir, para la población. La obligación del Estado consiste en proporcionar infraestructura para que la población pueda hacer valer su derecho a la cultura. A la cultura, como dice el artículo 4o de la Constitución, dentro de la cual, el arte juega cierto papel.
  2. Lo anterior nos lleva a considerar para qué están allí los derechos. Bueno, pues están para salvaguardar la existencia de todos. Son básicamente un compromiso de la administración de los gobiernos por hacer que los diversos niveles de la reproducción y el cuidado de la vida estén disponibles para todos. Para regular que precisamente los que tienen más poder no abusen de él y pongan la vida de los demás en riesgo. En este sentido, en este nivel, es que es imprescindible la equidad, es decir que los derechos sean para todos. Pero eso no significa que seamos todos iguales. No por lo menos con respecto a nuestros poderes y a nuestros objetivos. Quien tiene más poder no es igual a quien tiene menos y por eso muchas regulaciones tienden a favorecer a los que menos pueden. Pero, asimismo, los objetivos no son iguales. Hay acciones que tienden a preservar la vida en común y hay otras que tienden al interés privado. Esta diferencia es fundamental. En nuestras sociedades se privilegia el interés privado y lo que tiene que ver con la preservación de la vida se subsume, se subordina, a este interés. El imaginario neoliberal nos supone como homo aeconomicus, que vive en el Oeste salvaje del intercambio de bienes y servicios bajo un régimen de competencia que “autorregula” al sistema. Este imaginario, como puede ver quien saque la cabeza del teatro y vea cómo anda el mundo, entra en completa contradicción con la preservación de la vida que suponen los derechos humanos. Pues bien, esta básica distinción hace que el teatro de arte se parezca al teatro comercial como se parece un caballo de carga a un caballo de carreras. Poco o casi nada, a pesar de las apariencias. Como ha demostrado el sociólogo Tomás Ejea, el objetivo del teatro comercial es el incremento de la inversión privada, su eje radica en la ganancia y su modo de producción (de trabajo, de imaginario) se dedica a repetir las formas hegemónicas que, digámoslo pronto, no están allí para preservar la vida sino para reforzar el imaginario hegemónico.
  3. En este sentido, al menos en el marco del artículo 4o, el teatro de arte estaría al servicio de la reproducción del cuidado de la vida. Esto significa que un objetivo del arte, desde el punto de vista institucional estaría, entre otros, en posibilitar la crítica de aquello que no preserva la vida o en abrir nuevas dimensiones de lo sensible: en posibilitar nuevos imaginarios, más que en reproducirlos. Es precisamente por su valor intangible, por su incapacidad para ser sometido a las leyes de la economía al uso que el arte requiere que el todos que representa el Estado preste infraestructura para su aparición y su compartición con el público. Dicho de otra manera, las instituciones públicas de la cultura no existen para subordinarse a los intereses privados, sino para fortalecer las potencias de lo común. Y lo sensible es un lugar común. Ya sea un artista que abre otra posibilidad de sentir u otro que reproduce una forma ancestral donde la vida se preserva, todos estamos involucrados. No se trata, por supuesto, de un asunto sencillo, ¿dónde hay arte? ¿qué es cultura? son preguntas que deberían abrir debates como aquel que inició en las mesas de la toma de Conaculta.

Y en este sentido, la inquietud que plantea Martín López Brie es esencial: que el teatro comercial (y con él el imaginario de las “industrias culturales”) quiera apropiarse de los recursos estatales implica una batalla por la sobrevivencia. Como puede rastrearse, desde hace al menos dos años al teatro comercial ya no le salen las cuentas. El regreso a las obras conocidas, la reducción de estrellas en los elencos, el monopolio de Ocesa, la inflación que hace que la gente prefiera comer a tener un roce con la estrella del momento; por muchos factores el teatro comercial ya no puede mantenerse como antes y por eso acude a la subvención estatal esgrimiéndola como “su derecho”. Y la llegada y mancuerna del capo Ortiz de Pinedo con capos del teatro del arte debería estar sonando todas nuestras alarmas.

Y lo más absurdo es que, por el otro lado, la precarización del trabajo; los recortes; la impericia e hipocresía en el traslado del Conaculta a la Secretaría; la falta de contratos; la falta de imaginación en la complicidad privada que se reduce a un ridículo (e inconstitucional, si me siguen) Efiteatro; el infinito arte nuevo de hacer carpetas y otros males; hacen que los menos imaginativos de nuestros camaradas se lancen al modelo que hasta los abarroteros del teatro comercial desprecian: el de las “industrias teatrales”.

En la desesperada, sin recurrir a ningún libro de historia contemporánea, no se dan cuenta de que apelan a un modelo que ya mostró sus fallas en Gran Bretaña o España. No saben que el modelo de “industrias creativas” es parte de la movilización en contra del estado de bienestar y del desmantelamiento de políticas sociales de los estados neoliberales. Desmantelamiento social que se suma a la precarización laboral, al robo de tierras comunales para la extracción (que se defiende con la vida desde tierra apache hasta tierra mapuche), y que implica la militarización de los Estados a fin de someter toda protesta, bienvenida la nueva ley de seguridad.

Quiero decir que a la precarización de nuestro trabajo le corresponde una precarización de nuestro conocimiento y una miseria de nuestro actuar político. Una miseria que encarna, también, en nuestras personas cuando accedemos a un cargo público sin saber en dónde estamos y a qué nos comprometemos, porque los funcionarios teatrales son nuestros colegas.

Que el teatro comercial apele a “su derecho” para conseguir recursos públicos es un recurso retórico o una estratagema, pero que los funcionarios públicos no sepan decirles porqué no están en “su derecho” o que no se planteen mecanismos para debatir y filtrar estas acciones, implica simple y llana irresponsabilidad o incapacidad para ejercer un cargo público. Por más que se insista irresponsablemente —como cuando la Secretaría de Turismo nos dijo que su tarea era “vender a México”— en hacer de la administración del país la administración de una empresa; nosotros tenemos que oponer la preservación del cuidado de la vida y decir que NO. Un país NO es una empresa y las instituciones del Estado NO son instancias para el interés privado empresarial.

Nuestra tarea, creo, es debatir cuál sería ese bien común que deben resguardar las instituciones; qué papel juega la cultura y el arte en esa preservación y cuidado de la vida; cuáles son las formas y las personas y las responsabilidades que adquieren las instituciones; qué maneras de diálogo se deben implementar con la población involucrada y, finalmente, cómo mantener políticas justas y transparentes para que la infraestructura más frágil a los embates depredatorios sobreviva.

Debate, diálogo, circulación de conocimiento, rendición de cuentas, implicación en la implementación de políticas que nos conciernen. Estas son acciones reales, más reales que llevar una banderota en la siguiente marcha y lamentarse de que nada cambie. O por lo menos son más reales que tres palabritas llenas de signos de admiración en facebook.

Eso sí, éstas son cuestiones de la relación entre las instituciones públicas y el teatro del arte. En cuanto al arte mismo, que cada quien ejerza el derecho de hacerlo como le venga en gana.

Fuente: Teatro Mexicano

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